El sobrepeso y la obesidad se definen como una acumulación anormal o excesiva de grasa que puede ser perjudicial para la salud, según define la Organización Mundial de la Salud (OMS). Cada año mueren en el mundo 2,8 millones de personas a causa de la obesidad y el sobrepeso, una enfermedad que en nuestro país padece o está en riesgo de padecerla cerca del 60% de población.

Se trata del cuarto factor de riesgo más prevalente para enfermedades no transmisibles, siendo superado únicamente por la hipertensión arterial, los riesgos dietéticos y el consumo de tabaco. Además, la obesidad se asocia con un mayor riesgo de desarrollar diversas patologías que afectan a múltiples sistemas del organismo, entre las que se incluyen enfermedades cardiovasculares como la hipertensión arterial y la enfermedad coronaria, pero también trastornos respiratorios, alternaciones endocrinológicas, enfermedades neurológicas, trastornos gastrointestinales, disfunciones en el sistema reproductor, etc. Por si esto fuera poco, la obesidad es el tercer factor prevenible qué más reduce la calidad de vida y, según la OMS, la obesidad y el sobrepeso disminuyen la esperanza de vida de una persona entre 5 y 20 años.

Por su elevada prevalencia y las múltiples comorbilidades asociadas, la obesidad se ha convertido en una de las grandes epidemias a nivel mundial y, por consiguiente, uno de los principales problemas a los que tienen que hacer frente los sistemas sanitarios de los gobiernos occidentales.

La mayoría de los fármacos contra la obesidad se formularon inicialmente para tratar y mejorar el control de la diabetes tipo II y fue más tarde cuando se comprobó que también ayudaban a reducir de forma significativa el peso corporal. En el último año, la nueva generación de estos medicamentos se ha hecho muy famosa por su eficacia no solo en la reducción de peso y el control de la diabetes, sino por mejorar, también, otros factores de riesgo asociados a la obesidad como con la hipertensión, hiperlipemias o, incluso, el riesgo de mortalidad cardiaca.

Es el caso, por ejemplo, de la semaglutida, el análogo de una hormona humana natural llamada péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP1), que induce la sensación de saciedad para dejar de comer y estimula la secreción de insulina reduciendo el nivel de azúcar en sangre. Este fármaco se prescribe en nuestro país para personas con diabetes mellitus tipo II mal controladas y con obesidad, y, recientemente se ha visto que también mejora la calidad de vida y el pronóstico de los pacientes con obesidad e Insuficiencia Cardíaca con Fracción de Eyección Preservada (IC-FEp), un grupo de población especialmente vulnerable, pues de trata de una enfermedad que afecta gravemente al día a día de los pacientes, debido a los síntomas debilitantes y a las limitaciones funcionales, y que, además, hoy por hoy tiene limitadas las opciones de tratamiento.

Los resultados del ensayo clínico de fase III STEP HFpEF, presentados en el último Congreso Europeo de Cardiología (ESC Congress) y publicados simultáneamente en The New England Journal of Medicine, muestran una mejoría significativa en el resumen clínico del Cuestionario de Cardiomiopatía de Kansas City (KCCQ-CSS, por sus siglas en inglés), que mide y puntúa, a través de los pacientes, los síntomas y las limitaciones físicas producidas por la HFpEF.

En concreto, demostraron que la semaglutida 2,4 mg administrada una vez a la semana produce una reducción significativa en los síntomas relacionados con la insuficiencia cardiaca, limitaciones físicas y mejoras en la función del ejercicio, en comparación con placebo. Además, mostró una mayor pérdida de peso en los adultos con insuficiencia cardiaca con IC-FEp y obesidad.

El cambio medio en el KCCQ-CSS resultó en un aumento de 16,6 puntos a las 52 semanas con semaglutida 2,4 mg frente a 8,7 puntos con placebo. La reducción media del peso corporal fue de un 13,3% con semaglutida 2,4 mg frente a un 2,6% en el grupo tratado con placebo. El ensayo STEP HFpEF mostró también un aumento medio de la distancia recorrida en la prueba de la marcha de los 6 minutos de 21,5 metros a las 52 semanas con semaglutida 2,4 mg frente a los 1,2 metros con placebo. La semaglutida también redujo la inflamación, medida a través de la proteína C reactiva de alta sensibilidad.

En la misma línea, recientemente se han publicado nuevos resultados sobre otro de los nuevos fármacos antiobesidad, la tirzepatida, un fármaco también aprobado en inicio para la diabetes tipo II y, a posteriori, para el control de peso crónico en personas con obesidad o con sobrepeso y al menos una condición de salud relacionada, como HTA, diabetes tipo 2 o hipercolesterolemia, que ha demostrado reducir, además, los niveles de presión arterial en estos pacientes.

Tirzepatida actúa imitando dos hormonas metabólicas: como agonista del receptor del péptido similar al glucagón1 (GLP-1) (igual que la semaglutida) y también como agonista del receptor del polipéptido insulinotrópico dependiente de glucosa (GIP). La combinación de estas hormonas ayuda a regular los niveles de azúcar en la sangre, enlentecen la digestión y reducen el apetito, lo que hace que la persona se sienta más llena, coma menos y pierda peso.

Ahora, una nuevo subestudio realizado sobre 600 participantes del estudio de pérdida de peso Surmonut-1, publicado en 2022 en New England Journal of Medicine, ha evaluado el efecto de tirezepatida sobre los niveles de presión arterial medidos mediante monitorización ambulatoria durante 24 horas en personas con obesidad, pero sin diabetes tipo II.

A los participantes les administraron placebo o una dosis de tirzepatida en una de estas tres concentraciones: 5 mg, 10 mg o 15 mg. Los resultados mostraron que, a las 36 semanas posteriores de administar tirzepatida, las personas que tomaron 5 mg observaron una reducción promedio de la presión arterial sistólica de 7,4 mm Hg. Para los participantes que tomaron 10 mg de tirzepatida, hubo una reducción promedio de la presión arterial sistólica de 10,6 mmHg y de 8,0 mm Hg para los que tomaron 15 mg.

El profesor James de Lemos, principal autor del trabajo y catedrático de Cardiología y profesor de Medicina en el UT Southwestern Medical Center en Dallas, Texas (Estados Unidos), señala que, «las medidas de presión arterial más bajas observadas con tirzepatida rivalizaron con las observadas con muchos medicamentos para la hipertensión», por lo que sugiere que podría ser una estrategia efectiva para prevenir o tratar la presión arterial elevada.

Los resultados de ambos estudios demuestran que estos nuevos fármacos antiobesidad mejoran complicaciones relacionadas con la misma y contribuyen, de este modo, a reducir el riesgo cardiovascular total de estas personas, reduciendo incluso el riesgo de sufrir eventos cardiovasculares. En esta línea, el profesor  Michael E. Hall, presidente del grupo de redacción de la declaración científica de 2021 de la Asociación Americana del Corazón sobre estrategias de pérdida de peso para la prevención y tratamiento de la hipertensión y presidente del Departamento de Medicina del Centro Médica de la Universidad de Mississippi en Jackson, Mississippi, destaca que, a pesar de que los resultados obtenidos son excepcionales, harán falta estudios adicionales para determinar el impacto a largo plazo en eventos cardiovasculares como infartos cardíacos e insuficiencia cardíaca, así como también serán necesarios nuevos ensayos para averiguar los resultados una vez se suspende la administración de estos medicamentos, para ver si, por ejemplo, la presión arterial rebota y vuelve a subir, o permanece baja.

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